Pangal

Hay lugares que uno visita una vez. Y también hay algunos a los que se vuelve, año tras año, hasta que dejan de ser un destino y pasan a ser el lugar donde se hacen los recuerdos que sostienen el resto del año. Playa Pangal, en Maullín, es de los segundos.

Cuatro veces al año, a veces más, el camino a Maullín se hace de memoria. Se va en verano, pero también en invierno, en alguna celebración, o simplemente porque hacía falta un alto a la rutina. Ahí se recibió el inicio del 2026, toda la familia reunida como cada año. Así hace más de veinte años.

El lugar no tiene grandes lujos. Son cabañas antiguas, de esas a las que iban los familiares mucho antes, gastadas por el tiempo y por el mar. Están en medio de un bosque verde, muy verde, que se levanta como un oasis entre las dunas. Y también como una fortaleza, por si al mar se le ocurre alguna gracia. Ahí no hace falta más. El lujo, para quienes vuelven, es simplemente estar juntos.

Los días en Pangal tienen su propio ritmo. Alguien saca machas de la orilla, ahí donde la ola golpea más fuerte. Otro ayuda a limpiarlas. Y entre todos se arma el picoteo, machas a la parmesana gratinadas al horno. Otras veces es un curanto, con sus almejas y choritos juntos en la olla. Se cocina en grupo, se conversan los menús, siempre hay un momento para salir a caminar y recorrer la playa. La vida se ordena alrededor de las cosas simples, las que en la ciudad quedan siempre para después, y que aquí vuelven a ser el centro.

La playa se extiende por varios kilómetros. Desde Pangal se camina entera, descalzo en la arena, hasta la playa Amortajado, frente a la isla del mismo nombre. Una leyenda del lugar dice que alguien, mirándola desde el mar, creyó ver un cuerpo tendido sobre el agua. De ahí el nombre. El sur guarda esas historias sin explicarlas del todo. Caminar así, sin zapatos, dejando que el agua toque los pies, es un gesto pequeño que hace bien de verdad. El aire del mar, esas gotitas de oxígeno que uno respira sin darse cuenta, aquietan algo por dentro. El cuerpo entiende antes que la cabeza que está en calma.

Y si el cielo se parte lloviendo, con buena ropa uno sale igual, a mojarse, a dejar que el mar y la lluvia hagan lo suyo. Al volver espera una cabaña tibia, y no hay mejor forma de entrar en calor que después del frío.

Cuando baja la marea, en la orilla se forman pozas, pequeñas piscinas de mar. Ahí se baña la familia entera, se juega, se arranca de las pulgas marinas entre risas. El agua de esas pozas guarda algo curioso. Es tibia, se siente calentita justo al lado del mar frío, como si la playa reservara un rincón amable para los que se quedan.

En Pangal casi no hay señal de teléfono. Solo en la playa aparece algo, apenas. Al principio incomoda, después se agradece. Nada ayuda más al descanso que un mundo que no puede alcanzarte. Aun así, una vez al día, alguien propone ir a buscar señal, y la familia peregrina hasta el punto donde el teléfono revive, para asomarse un rato al mundo y volver.

Eso es Pangal. Un bosque entre dunas, un mar que no se cansa, unas cabañas antiguas llenas de gente querida. Afuera puede estar lloviendo. Adentro, alguien pone la mesa. Eso basta.

Conversemos.

Por Mirna Hernández
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