Hay viajes que se hacen una vez y se quedan para siempre. No por la distancia, sino por lo que cuesta llegar. Caleta Cóndor es uno de esos lugares. Para conocerla no basta con querer ir. Hay que bajar la cordillera caminando.
A Caleta Cóndor se puede llegar de tres formas. Por mar, en lancha desde Bahía Mansa. Caminando entre cerros desde Tril-Tril, por el antiguo sendero que conecta las caletas. O como se cuenta aquí: bajando la cordillera desde Río Negro. Cada ruta es un viaje distinto. Esta es la que vivimos.
El punto de partida es Río Negro, camino a Huellelhue. Hasta ahí se puede llegar de distintas formas: en auto, en moto, o en el bus que sube por el sector. Todo se coordina con antelación, porque en ese lugar no hay señal de teléfono. La hora aproximada de llegada se acuerda de antemano, y lo único que funciona para avisar que uno va llegando es el bocinazo. El vehículo queda estacionado en un lugar seguro, también acordado con el guía, en lo alto de la Cordillera de la Costa. Desde ese punto comienza lo demás. Don Víctor Inzunza espera para guiar la travesía. Conviene salir temprano. El trayecto se hace sin apuro, pero se hace de día.
Don Víctor no llega solo. Lo acompañan sus perros y, si hay suerte, dos o tres caballos que él mismo encuentra en el camino. Los caballos cargan lo que haya que cargar. Los perros cumplen otra función, menos evidente y más importante: mantienen al grupo enrielado. Cuando alguien se queda atrás a descansar, un perro se queda con esa persona y la espera. Nadie se pierde mientras ellos van delante.
La bajada cruza un bosque que se está recuperando. Hay alerces que fueron quemados y que hoy vuelven a levantarse. Cuando el sol se asoma entre las nubes, esos troncos tienen un color de plata brillante, como si la luz se quedara pegada a la madera. Cuesta apartar la vista.
El sendero es de roca gris, a ratos azulada, con agua que corre por todas partes. El olor del bosque es terapéutico. Se siente cómo los pulmones se limpian, cómo el aire entra distinto. Pero esa misma mezcla de agua y piedra vuelve el camino resbaloso, sobre todo si llueve. Hay que bajar con cuidado, paso a paso. Por eso este recorrido se hace con guía. Aquí, si te pierdes, te pierdes.

Lo que compensa cada paso es lo que se va viendo. Copihues colgando entre el follaje. Flores que no se encuentran en ninguna florería. Verdes de todos los tonos, en las hojas, en los troncos, en el musgo. La caminata toma alrededor de dos horas, aunque el tiempo nunca es exacto: depende del ritmo, del clima, y de si los caballos aparecen o no en el camino. Conviene llevar algo para comer.
En un punto aparece un río pequeño que hay que cruzar. No hay puente ni piedra que valga. Se sacan los zapatos y se entra. El agua está helada, pero después de horas caminando, con los pies tibios por el esfuerzo, ese frío se siente maravilloso. Es de esos momentos que uno no planifica y termina recordando.
Al salir de la cordillera, el paisaje se abre en un valle. Es la señal de que la parte a pie está por terminar. Ahí ocurre algo curioso: se forma un microclima. Crecen cosas que uno no esperaría encontrar tan cerca del mar y del bosque frío. Uvas, que sorprenden de inmediato. Berries de distintos tipos. Manzanos, perales, membrillos, ciruelos. Un huerto inesperado al final del descenso.
En ese mismo valle está el taller de don Víctor. Ahí trabaja la madera del lugar y hace artesanía: bancos, tablas de picoteo, juguetes, figuras. El mismo hombre que guía la bajada por la cordillera es el que talla. La escultura del tejuelero que recibe a los visitantes lleva su firma. La madera, acá, no es solo paisaje. Es oficio.
Un kilómetro más adelante está el río. El Cholguaco, que en mapudungún significa agua de pescado. Ahí se toma la embarcación y se baja con la corriente hacia el mar. Es alrededor de una hora y media de navegación. En un día despejado, el cielo se refleja entero en el agua. No se distingue dónde empieza el cielo y dónde termina el río. Todo es un espejo. El agua va tranquila. El viaje se disfruta sin prisa.
Y entonces, a lo lejos, aparece una barra. Es la señal de que el mar está cerca. El río se encuentra con el Pacífico y ahí está Caleta Cóndor, recibiendo con una isla que tiene forma de tortuga.

Caleta Cóndor no se visita buscando comodidades. Muchas de las que uno da por hechas en otros lugares, aquí no están. La luz eléctrica es esporádica, llega al caer la tarde, y entonces sirve para cargar el teléfono o la cámara y buscar la mejor foto, aunque la mejor de todas queda registrada para siempre sin necesidad de batería. Lo que se vive es otra cosa: la experiencia de estar en un sitio así de hermoso. Reciben con cariño, y hacen un pan casero que llega calentito hasta la mesa. Eso, en un lugar tan remoto, vale más que cualquier lujo.
No se llega por casualidad, no aparece a la vuelta de la esquina, no tiene camino de autos. Esa es justamente su gracia. Caleta Cóndor es de esos lugares que se conocen al menos una vez en la vida, y que después se llevan adentro.
En Mayz Propiedades creemos que vivir en el sur es más que tener una casa. Es saber que existen lugares como este, conocer las rutas que valen el esfuerzo, y entender que algunas de las cosas más bellas del sur solo se alcanzan caminando.